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La incertidumbre ya no es una crisis

Durante años, la planificación financiera de muchas empresas descansó sobre una premisa implícita: la incertidumbre era una excepción. Las crisis aparecían, generaban turbulencias por un tiempo y, tarde o temprano, los mercados encontraban un nuevo equilibrio sobre el cual volver a proyectar inversiones, costos y crecimiento.

Hoy esa lógica quedó atrás. Más que convivir con crisis puntuales, las empresas están aprendiendo a operar en un entorno donde la incertidumbre es permanente. Los factores que condicionan los negocios ya no responden únicamente a variables internas o locales, sino también a acontecimientos globales que pueden modificar el escenario económico en cuestión de días.

Las últimas semanas son un buen ejemplo. La escalada del conflicto en Medio Oriente elevó el precio del petróleo, fortaleció al dólar y aumentó la incertidumbre en los mercados internacionales. Poco después, la reapertura del Estrecho de Ormuz alivió esas presiones y parte de esos movimientos se revirtió. Paralelamente, el Banco Central mantuvo la tasa de interés, reflejando la cautela con que observa un escenario externo que sigue siendo altamente dinámico.

Lo relevante, sin embargo, no es el comportamiento puntual del petróleo o del tipo de cambio. Lo verdaderamente importante es constatar que hoy un evento geopolítico, una decisión de política monetaria en Estados Unidos o una disrupción en las cadenas de suministro pueden alterar, en muy poco tiempo, las condiciones bajo las cuales opera una empresa chilena.

Para una economía tan abierta como la nuestra, esta realidad obliga a revisar la manera en que se toman decisiones. La planificación ya no puede construirse sobre un único escenario esperado, sino sobre la capacidad de adaptarse cuando ese escenario cambia. En otras palabras, la resiliencia financiera comienza a ser tan relevante como la eficiencia operativa.

Sin embargo, todavía es común ver empresas que reaccionan ante la volatilidad, en lugar de incorporarla en su proceso de planificación y teniendo en cuenta que existen herramientas para poder mitigarla

Esperan que el mercado entregue señales más claras antes de tomar decisiones, retrasan decisiones de inversión o ajustan sus estrategias únicamente cuando las variaciones del tipo de cambio, de los costos o de las tasas ya impactaron sus resultados.

Ese enfoque resulta cada vez más difícil de sostener. La pregunta ya no debería ser dónde estará el dólar dentro de tres meses, sino qué tan preparada está una organización para enfrentar escenarios distintos a los que había proyectado, por una parte, y además poder utilizar seguros de tipo de cambiario para reducir la incertidumbre cambiaria Esa diferencia es especialmente relevante para empresas importadoras y exportadoras, cuyos costos o ingresos pueden cambiar significativamente por factores completamente ajenos a su operación.

La incertidumbre no desaparecerá, por el contrario, todo indica que seguirá siendo parte del entorno económico, impulsada por tensiones geopolíticas, cambios en el comercio internacional, decisiones de política monetaria y nuevas presiones sobre las cadenas globales de suministro. Frente a ese escenario, la principal ventaja competitiva no será la capacidad de anticipar cada movimiento del mercado, sino la capacidad de las empresas de gestionar su riesgo cambiario y acotar los escenarios negativos que pueden terminar erosionando los márgenes y la última línea del negocio.

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