En Chile, el dólar sigue siendo el termómetro casi exclusivo del comercio exterior. Su volatilidad marca decisiones, ajusta precios y condiciona márgenes. Pero hay una paradoja poco discutida: mientras las empresas locales monitorean obsesivamente el tipo de cambio, muchas siguen operando bajo un modelo que, en sí mismo, encarece innecesariamente sus importaciones.
Durante años, el esquema ha sido automático: pesos a dólar, y que el proveedor en Asia haga la conversión a su moneda local. Funciona, sí. Pero en un contexto como el actual —con presión sobre los costos, consumo más débil y márgenes cada vez más estrechos— seguir operando así no es inocuo. Es, derechamente, ineficiente.
Cada pago en dólares a mercados como China, India o Vietnam activa una doble conversión. Y en ese proceso no sólo intervienen comisiones bancarias o spreads poco transparentes. Hay un costo más profundo: el que incorpora el propio proveedor. Para protegerse de la volatilidad entre el dólar y su moneda, muchas empresas asiáticas ajustan sus precios al alza, típicamente entre un 3% y un 5%. Es una cobertura lógica, pero que termina pagando —sin visibilidad— el importador chileno.
En un país en el que muchas empresas ya operan con márgenes ajustados, ese porcentaje no es menor. Puede ser la diferencia entre traspasar precios al consumidor, perder competitividad o simplemente ver erosionada la rentabilidad.
La pregunta, entonces, es evidente: ¿por qué seguir asumiendo ese costo como inevitable?
Pagar en monedas locales —como yuanes o rupias— no es una sofisticación financiera, es una decisión estratégica. Permite eliminar una capa completa de intermediación, reducir costos y, sobre todo, tomar control sobre la gestión cambiaria. En lugar de delegar el riesgo al proveedor (y pagar por ello), el importador puede administrarlo de forma directa y más eficiente.
Pero el impacto no es sólo financiero. También es comercial. En un escenario global en el que las cadenas de suministro siguen tensionadas y la competencia es cada vez más agresiva, pagar en la moneda del proveedor mejora la posición negociadora. No es lo mismo llegar con dólares, que con la moneda que la contraparte realmente necesita. Eso abre espacio a mejores precios, condiciones más favorables y relaciones más sólidas.
En Chile, donde el debate suele centrarse en si el dólar sube o baja, probablemente la discusión de fondo está en otro punto: en cómo reducir la dependencia estructural de esa moneda en operaciones en las que no es imprescindible.
Persistir en el uso casi exclusivo del dólar —o incluso del euro— responde más a inercia, que a eficiencia. Y en un entorno económico desafiante, la inercia se paga.
Hoy, cuando la tecnología financiera permite operar en múltiples divisas de forma simple y accesible, el verdadero diferencial competitivo no está sólo en negociar bien, sino en estructurar mejor los pagos.
Porque en el comercio internacional actual, no siempre gana quien compra más barato. Muchas veces, gana quien paga de forma más inteligente y estratégica.

